Los esclavos agradecidos

Estos días estoy dándome cuenta de que el hecho de ser un puto esclavo del estado, de vivir en un totalitarismo encubierto donde nadie hace nada bien si no hay un aplauso explícito de los demás, no es algo tan malo. Es decir, lo es si no te importa ser un gilipollas con rodilleras ansioso por tragar el próximo nectar que te escupan en la cara con el mismo desprecio que algunos lanzan monedas a los mendigos.

Solo si eso no es algo que te hiere las ansias de libertad, no está nada mal ser un repugnante esclavo.

Para empezar míremos el lado bueno: solo te van a golpear una vez. Porque tras la paliza de los gobernantes, en forma de prohibiciones estúpidas, y agachar la cabeza y asentir y tomar como esa realidad la que te va a seguir para siempre, todos tus iguales (es decir, los demás gilipollas) no van a tratar de colocarte en el buen camino a base de vacío o ataques personales, pues eres igual que ellos y en ningún momento, tambien igual que ellos, vas a atacar a su amado lider, ni vas a poner en duda las doctrinas que le dan forma a los barrotes que se han convertido en su realidad. Así que ser una sucia rata sin amor propio está muy bien, porque la paz (por decirlo de algún modo) va a estar de tu lado sí o sí.

Estás de suerte.

Solo con este punto ya es comprensible que los más débiles del rebaño cojan este hábito como el mejor posible, pero es que además se presentan grandes alicientes si eres tan manso como un perro apaleado y tienes la misma autoestima y ganas de pensar por ti mismo que un mojón de vaca, y son los premios que seguro recibirás en forma de paguitas públicas, favores personales, o defensa ante infracciones varias, que recibirás no solo por parte de la élite, sino también de las demás focas amaestradas que están en la piara contigo. Porque esta vida que puedes escoger libremente tiene ese cómodo cojín, llamado Compañerismo Aprovechado, en el que lo más importante es protegerse entre ellos de los ataques externos venidos por discursos cargados de verdad, por argumentos firmes, o por pruebas irrefutables que, como de todos es sabido a estas alturas, es fácil de tachar de mentira si usas la primera regla de Göbblel-S-: «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad». Y, claro, cuando el séquito de papagallos es grande y la vergüenza de fabricar cortinas de humo es pequeña, no es dificil conseguir que el olor a estiercol quede camuflado por sonrisas de Judas.

Si todo son ventajas, ¡joder!, no me extraña que más de la mitad de los ciudadanos españoles opten por cerrar los ojos o ponerse de perfil; es mucho más sencillo aceptar limosna y gastarla en lo que te ordenen, que sangrar y sudar mares luchando por tu libertad y la de tus seres queridos. Aunque la recompensa sea mayor.

Así que, ¡bien por vosotros, esclavos!, habéis escogido un camino que muchos entendemos como cómodo y fácil (si eres un vago gilipollas sin amor propio, claro) y que, de ser el resto unos completos analfabetos sin más utilidad en el mundo que menearle las sardina al amo, escogeríamos sin dudarlo. ¡Pero ni un segundo!

¿Quién no agarraría por el pescuezo un futuro que no has negociado en el que la linea recta está garantizada?, ¿por qué la necesidad de libertad y de poder dormir por las noches sin sentirte una sanguijuela o saber que vives a base de mentiras? Es decir, ¿de verdad compensa leer, pensar y andar libremente y decir lo que piensas en todo momento sin miedo a los ataques?

Te lo pregunto a tí, ¿compensa?

1 comentario en “Los esclavos agradecidos”

  1. Claro que sí!
    Aprender y formarse es nutrir el cerebro. Distinto de aquellos que portan una masa gris dentro del cráneo, cuasi pensamiento único y cacaraqueo al unísono. Si quiero sentirme en el gallinero basta con ir un concierto, disfrutar bajo el micro o batuta del director. A más no llego.
    Disfruta 😉🐍

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